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El laico ZP y el Papa

El laico ZP y el Papa


Zapatero ha dado una muestra más de lo que entiende por un estado laico, con el que está emperrada toda la carcunda del socialismo, al estar tan sólo diez minutos con el Papa tras la visita de éste a España, el pasado fin de semana, y sólo para despedirle en el aeropuerto. Poco le importa que viniera a Santiago de Compostela donde, según Goethe, con las peregrinaciones se gestó Europa, o que consagrara el templo de la Sagrada familia de Barcelona, obra arquitectónica impresionante que podría ofrecer algo que aprender a socialistas y laicistas carentes de algún monumento o construcción propia equiparable: de hecho no consta que hayan construido nada con su dinero, de su paso por el mundo sólo se sigue apropiación de lo ajeno, destrucción y barbarie.

El desmesurado protagonismo mediático que ha dado a los cuatro gais provocadores, azuzados por el propio gobierno a protestar contra el Papa –algo que de pocas personas conseguirían- haciendo estupideces para salir en las televisiones gubernamentales que, a la par, ignoraban a los miles de ciudadanos que se manifestaron el sábado contra la colaboradora negociación de ZP con los socialistas de la ETA, nos muestra la manipulación sin límites que ejerce esta tiranía laica igualitaria y lo acertado de la preocupación del Papa por el laicismo rancio, reactivo y agresivo que refresca nuestra memoria con amenazadoras épocas de terrorismo republicano que creíamos cosa del pasado pero que ZP se empeña en actualizar.

Laicismo sólo significa la expulsión de la vida pública de quienes no se doblegan al poder que hace de los socialistas unos títeres subversivos. Básicamente implica anular o neutralizar a los católicos. Aunque nos permite que llevemos una vida privada de generosos contribuyentes para sus alucinógenos proyectos sociales, no nos consiente decir nada sobre la vida pública sobre la que ellos se auto-atribuyen el monopolio. No necesitan concretar mucho más y, por eso, preguntas del estilo de ¿Por qué no hay separación de la mafia sindical, del “colectivo gay” o del contubernio informativo o titiritero y el estado? no sólo no se responden, sino que ni siquiera se plantean en esta democracia igualitaria. Tampoco se responde la cuestión de ¿por qué llamar laico a lo que es simple lucro del resentimiento homosexual, de la manipulación informativa o de la extorsión sindical? Cuestiones que estimo se deberían clarificar y, a la par, cuantificar el coste económico de ese entramado extorsionador, del mismo modo que han hecho con el de la visita del Papa, antes de exigir que nos pleguemos a ese igualitarismo despreciable.

Si consideráramos que un estado legítimo fuera aquel donde la negra mafia informativa no se inventa terroristas suicidas para dar un golpe y poner un gobierno títere que favorezca sus intereses, o aquel donde la libertad no es el simulacro que, con un conjunto de sandeces, la mafia rosa disfraza, en las televisiones servilmente dóciles al poder, las restricciones que éste impone, en todos los campos, a la vida de las personas honradas o, incluso, donde la mafia roja no extorsione con huelgas salvajes ni amenazas veladas de subversión para que la minúscula, elitista y parasitaria casta dirigente del socialismo siga en el poder, el estado sería más atractivo para personas honradas pero probablemente no sería laico. Desde esta perspectiva resulta lamentable que estos “colectivos” de base no sean más que mecanismos de extorsión larvados en la sociedad, productos corrosivos disponibles para chantajear a los españoles cuando esa clase dominante no tiene el control del estado y para evitar que se les vaya de las manos cuando lo tiene. Es la lógica aplastante del laicismo, que trata de ser invisible para sus víctimas pero que, en realidad, lo es para sus agentes porque está dirigida por sociedades secretas cuyos oscuros intereses son los únicos favorecidos por el sistema. Esta lógica provocadora de los laicistas no sólo es preocupante sino que es aterradora; su jerarquía no tiene límites morales y no dejará de usar estos grupos chantajistas, los “colectivos” que no pueden escapar de sus garras, para sustentarse y seguir extorsionando a los trabajadores españoles, pero ¿hasta cuándo?

 

Juan Antonio Martínez

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