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Sepultados en Las Minas: pozueleros de altura 

Sepultados en Las Minas: pozueleros de altura 

Entre ramas y árboles caídos, con medio metro de nieve, los vecinos de la parte alta del Barrio de Las Minas se ayudan de manera encomiable


Tras el paso de la borrasca Filomena, las calles de lo que a mediados del siglo pasado se llamó Colonia de Las Minas parecen el escenario de un conflicto bélico. Y sin embargo muchos vecinos están viviendo estos días con una sonrisa… en sus ojos. A la mascarilla que tapa sus labios amables se suman el gorro, los guantes, los bastones, las botas, la ropa de alta montaña y la pala. 

Viernes 8 de enero, mediodía: el último coche

Los que tuvimos la suerte de no quedarnos atrapados en la carretera, llegábamos a refugiarnos en casa. Mª Carmen había ido al Punto Limpio a recoger la sal que entregaba el Ayuntamiento, pero a la vuelta las empinadas cuestas de Las Minas ya tenían mucha nieve. Enseguida recibió ayuda para acercar su vehículo a la puerta del garaje. Sería el último coche que llegaría hasta aquí.

La preocupación crecía durante la tarde y la noche, pegados al televisor, pero teníamos esa sensación de seguridad de estar en casa. No sabíamos que allí nos íbamos a quedar completamente encerrados y sin servicios durante días.

Madrid empieza a salir en los informativos internacionales. Un pozuelero nos ofrece ayuda desde Nueva York: “mis hermanos pueden ir a ayudaros”. Gracias, Jaime. El verbo ayudar va a marcar el paso en los siguientes días. No así el verbo venir. Continuará el aislamiento.

Sábado 9 de enero, amanecer agridulce

Nos levantamos con esa vista dulce de la nieve en los balcones. Al abrir la ventana (no era fácil, por cierto, hasta las puertas estaban congeladas), se nos abría la mirada con un panorama mucho más amargo: gruesas ramas de cuatro y cinco metros se habían precipitado sobre calzadas, aceras y vehículos. Todavía caerían muchas más. 

Las tres jóvenes familias que estrenan casa en la calle Doctor Borrachero estaban colaborando entre ellas, trabajando a destajo en sus tejados con palas de juguete. Era peligroso, pero no había forma de recibir ayuda externa. 

Ramos, de 81 años, lo sabe. Llamó –preocupado por su salud y la de su mujer- a todos esos teléfonos de tres cifras: 010, 012, 091, 092… nada. Al preguntarle que por qué no llamaba al 112, responde: “habrá personas que lo estén pasando peor”. Generosidad, solidaridad, comprensión. Esto es lo que se está viviendo en esta zona de Pozuelo de Alarcón. Y eso que Ramos tiene la amarga sensación de que –a pesar de llevar más de 45 años viviendo aquí- a algunos barrios “nos tienen como ciudadanos de segunda, máxime en un municipio con tantos recursos económicos”, frente a zonas bien equipadas con transportes y otros servicios. “A mí no me cobran menos impuestos porque la basura pase solo tres días o no haya autobús cerca, pero ahora no es el momento de protestar”. Lo cierto es que él no se cambiaría a otro sitio, pues Las Minas es uno de esos lugares en que los desconocidos todavía se dan los buenos días por la calle. 

Pero él no está solo, nadie lo está aquí. Luis, de 16 años, le está retirando la nieve de las cornisas y ayudando a proteger tuberías y contadores. Se para. Otro enorme tronco acaba de caer, esta vez sobre el coche de Irene, en Valentín Robledo. Los vecinos acuden a avisarla.

Y es que la noche fue un ir y venir a la ventana cada vez que se oía crujir una rama. En directo las veíamos desplomarse. Una rama, otra rama.. ¡un árbol! Un chopo entero se precipitó sobre la casa de Pilar. Al hablar con ella, da gracias de que no aplastara a su marido, que hacía unos minutos estaba trabajando en el jardín. Agradecida. Muchos vivimos así esta catástrofe a nuestro alrededor. Esto es algo grande, conmovedor.

 

210111 arbol caido nieve las minas pozueloDomingo 10 de enero, otra mañana solidaria

Varios vecinos reciben un mensaje de Fernando: “Estoy en el Supersol”, ¿qué necesitáis que os lleve?”. Salieron a toda prisa a las ventanas, ¿cómo podría haber sacado el coche de este “alud”? Evidentemente, ni su todoterreno puede con más de medio metro de nieve, ahí sigue. Se había ido andando hasta Dos Castillas, a tres kilómetros (más de una hora por hielo y nieve). Fernando, el sol eres tú. Y tus hijos, que acudieron a tu encuentro cuando volvías, agotado, cargando mochilas hasta los topes de generosidad. Otros dos soletes.

Cae la tarde y el trabajo en la calle sigue. Elisa se ha mudado aquí hace poco, estamos todos encantados con esta savia nueva que llega, con sus hijos adolescentes o pequeñines. Nos cuenta que algunos han probado en la calle San Blas a provocar pequeños desprendimientos para evitar que les caiga una masa de hielo cuando anochezca. Hasta con petardos que habían sobrado de las fiestas. Incluso avisaban a los vecinos con mascotas. 

Más recién llegados, en Valentín Robledo. José María presta a esta familia americana su pala y todo lo necesario para poder, al menos, abrir la puerta. Sus tres pequeñines, ajenos a la dificultad, están haciendo un muñeco de nieve que para ellos es gigante (unos 40 centímetros). Comparten herramientas, y también esfuerzo; trabajan mano a mano en la rampa de sus garajes. Tenemos asumido que están inutilizados, pero lo cierto es que suponen bastante peligro, sobre todo para los chiquitines. 

Cae la noche, hiela. Hay que parar. A las 23 horas el Club de Natación Pozuelo nos reenvía un email del Concejal de Deportes: ¡ya están abriendo calles! Las repasamos con excitación. Nada en las Minas, pero al menos ya está abierto el camino Cerro de los Gamos. En plena noche, se hace la luz.

Agotados, esperamos otro amanecer, con la incertidumbre de si será distinto.

Lunes 11 de enero, siguen brillando vecinos y vecinas

La calle sigue impracticable. Sobre árboles y nieve, una gruesa capa de hielo. Salir de casa promete costalazos y fracturas.

Silvia y Carlos dejaron su potente todoterreno algo alejado, en una de las zonas ahora despejadas. Se van a descansar, tras estar toda la noche llevando a personas al hospital. 

Elena deja de estudiar, ha tenido una idea. Se ofrece a pasear los perros de las personas con dificultades de movilidad. Ay, los paseadores de perros; esos seres humanos bondadosos que sacan a sus animales, llueva, nieve o hiele. Uno de ellos, mi vecino Diego, me dice que otro “paseador” estaba sacando a su perrito por la calle Emilio Coll, cuando vio a una señora mayor muerta de miedo, porque vive sola. Allá fue con pico y pala a pegarse con el hielo de su entrada. No un caminito, no; toda la entrada. Cierto es que de todos modos no se puede salir, pero la liberó de ese pánico de ver su casa sepultada.

En estos momentos un grupo de personas se está organizando para ir a por la sal que reparte el Ayuntamiento, y a la farmacia. Hay un estruendo, no es un árbol, ¡un tractor verde está entrando en la calle! 

Confío en que esta crónica no tenga una segunda parte que comience por “Martes 12 de enero…”. Y tengo la certeza de que, de seguir aislados, no lo estaremos entre nosotros. Sin abrazos por la pandemia de coronavirus, pero con los brazos abiertos; sin tocarnos, pero con la mano extendida; sin vernos las sonrisas en los labios, pero sí en los ojos, en nuestros actos. Obras son amores.

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