Cuarteles de invierno

Cuarteles de invierno
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Dije hace unas semanas que la cabeza me olía a pólvora. Ya no.

No quiero decir que mi cabeza ya no esté en peligro. Al contrario. Quiero decir que ya no hay cabeza. Ha sido volada. En principio, sólo en sentido figurado. En una guerra civil, yo tendría todas las papeletas para que me disparasen los dos bandos. Aquí en Pozuelo, guerra civil no hay, claro, pero sí bandos. No quiero perjudicar más a estos jóvenes y emprendedores compañeros de DIARIO DE POZUELO. Tuvieron la amabilidad de acogerme y no he dejado de crearles problemas. Desde el primer momento. Fue una idea insensata y lo han pagado. Sólo quería ayudarles, y ahora lo mejor que puedo hacer por ellos es mudarme hacia praderías menos comprometedoras. Hay que saber cuándo eres parte de la solución y cuándo parte del problema. Yo ahora soy lo segundo.

La independencia siempre es jodida. Y yo tiendo a la desobediencia. Hay que llevar camiseta de un equipo. Tienes que ser de José Tomás o de Enrique Ponce. Si vas por libre, te disparan todos. Pero mi único partido son mis lectores, y mi única ideología, la libertad. Me voy pues. Sin dramatismos. Para eso se inventaron los cuarteles de invierno. Aunque todavía estemos en otoño. Pero hoy los cuarteles de invierno para los periodistas son los blogs. En ellos nos refugiamos los rebeldes. Los inconformistas y los descreídos. Cuidado pues con la red. Y cuidado con los lobos solitarios. Por eso, poner coto a la libertad de expresión es cada vez más difícil. Pero, sobre todo, es una solemne estupidez. Volveré. O no. Por si acaso, el blog ya está abierto. Al que le interese que apunte: http://jacobodemaria.blogspot.com/. (ya no está operativo)

Me gustaría ahora apellidarme Goirigolzarri, y que me aplicaran en primera persona su fórmula de despido. Es decir, que me soltaran ya mismo 50 millones de euros por cerrarme la boca. Bueno, también me conformaba con la mitad. Pero ni me apellido Goirigolzarri, ni este diario es el BBVA. Ni tampoco queda claro que consigan cerrarme la boca. No del todo. Me voy como llegué. Ligero de equipaje, que es como mejor se maneja uno por la vida. Continuaré mi camino viajando liviano, como recomendaba Borges. ¿Hasta siempre? Puede. Tal vez, hasta nunca. Aunque nunca es mucho tiempo. En Raíces profundas de George Stevens, la mujer del granjero pregunta a Shane, el pistolero que está a punto de irse para enfrentarse con su destino, si ello significa que ya no le van a ver nunca más. Alan Ladd responde: «Nunca es demasiado tiempo». Lo mismo digo.

Es hora de cerrar. Buenos días y buena semana, amigos.

 

Este diario no asume como propias las opiniones difundidas a través de las colaboraciones y cartas al director que publica.

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