| Al caer la tarde fui de paseo por las fiestas de Majadahonda. Un sábado, a las 22:00 horas, el recinto ferial plagado de niños, menores de edad, pelando la pava. Y dije para mí que aquello podría acabar como en Pozuelo, porque los niños confunden juego y realidad y algunos videojuegos últimamente les tienen distorsionada la percepción. Pero no. Dos horas más tarde
aquella chiquillería había desaparecido en su mayor parte para dar paso a
jóvenes no mucho mayores, pero todos ellos con edad para ir a la cárcel.
Normalidad absoluta. Mucho botellón, mucha bolsa de supermercado llena de güisqui
y coca-cola, algún que otro coche con el maletero levantando y la música a todo
tren, pero nada más. Aquello ofrecía un
espectáculo distinto al que pude ver en Pozuelo la noche de la ya famosa batalla. La madrugada
de Pozuelo prometía. Niños de 13 años, borrachos perdidos, muy perjudicados,
hacían gala de una falta de educación y pudor realmente llamativos. Lo del
pudor lo digo por las escenas sexuales más o menos explícitas que
protagonizaban algunos de esos mocosos en plena calle. Sí, no soy un puritano,
pero es que hasta los gemidos se oían paseando por la acera. Claro, con ese
caldo de cultivo, jugando a ser mayores, pero sin un dedo de frente, cuando
poco etílico cabía ya en el estómago de algunos, se armó lo que todos
conocemos. Pero yo no pienso que ese
haya sido el único problema. En aras de la brevedad, sin pararme en
consideraciones sociológicas que estos días están haciendo correr ríos de
tinta, voy a enumerar lo que considero como principales causas de lo que
algunos ya han bautizado como la pijo-borroka: - Niños totalmente borrachos campando a sus anchas,
a quienes la policía no pidió la documentación ni los padres pusieron hora
de llegada.
- Falta de un recinto definido para que, a modo de
ghetto y en un redil cual borregos, pudieran beber hasta perder el
conocimiento.
- Un fin de semana de fiestas en Pozuelo que no
coinciden con celebraciones en ningún otro municipio cercano.
- Una muchedumbre venida de muchas localidades
cercanas con ganas de montarla para resarcirse -entiéndase la ironía- del gran esfuerzo que
suponía para muchos de ellos la realización de los exámenes de septiembre.
- La falta de previsión de la Delegación del
Gobierno en Madrid que envío nada más y nada menos que ¡a 6 policías! para
guardar el orden.
- Lo perdidas que andan las autoridades municipales después de los varapalos recibidos por la justicia que ha dado la razón a
los vecinos agrupados en la Asociación Pozcavir que se quejan por el
ruido. No saben dónde situar las fiestas.
- La macrodiscoteca en el centro de la ciudad,
rodeada de casas bajas, con una música también muy baja, que cerró cuando
los jóvenes ebullían de alcohol.
Nadie se atreve a aportar
una solución. Tampoco los socialistas que, como siempre han aprovechado para
sacar tajada. Critican ahora el botellón cuando siempre se han caracterizado
por ser sus mayores defensores con el fin de coleguear con sus posibles votantes
jóvenes. Habrá que plantearse si lo
mejor es prohibir el botellón o impedir que los menores beban, emplazar la
macrodiscoteca en el centro o llevársela a las afueras, que el Camino de las
Huertas sea un inmenso macro-botellón o tenerlo más controlado en un recinto
ferial... . En fin, es momento de sacar conclusiones, con tiempo por delante. No
vaya a ser que, de nuevo, nos vuelva a pillar el toro, querido Alcalde. Este diario no asume como propias las opiniones difundidas a través de las colaboraciones y cartas al director que publica. |